Snow White Lyly miraba de reojo la puerta de salida.Había sido un día arduo en La tierra del siempre jamás.
Andar entre cuentos y sueños de niños era bastante cansado, sobre todo fingir una inocencia a prueba de todo, cuando se pasa por una menopausia temprana que ni Ratzpuncel.
Lo único que le quedaba era una neblina alcohólica para evadirse de la mirada dictadora de los Hermanos Grim.
Tenía en su mano la tarjeta checadora, a su lado, Cinderella esperaba para salir de un día más de trabajo, llegar a casa y ser la madrastra malvada y despótica del cuento.
Nada como una buena tunda -solía decir-, para sacarse el absurdo cotidiano y mirar las hadas después de la primera pentración anal.
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